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Post-it

Desisto de dejarme pistas o notas por el camino. Siempre que regreso, vuelvo a caer en las trampas sucias del destino. El pasado odia al presente y el futuro, hace tres y siempre se apunta cinco.

Quizá el más yo de mis papeles sea aquél de las mañanas, aquél que ordena recuerdos para poder levantarse y continuar, sin ganas, las aventuras de la noche. Por suerte, cuando estiro la mano, descubro que ella ha viajado conmigo y me ayuda en los regresos, que son duros, pero fáciles, cuando los hago a su abrigo.

La coartada de los post-it, son la pista hacia la siguiente trampa: “horizontal, 7 letras, lo que ocurrirá mañana”, me imagino (y nunca acierto) como será la llegada. La única verdad entre dos puntos, es la línea que los une. Novio infiel de la cordura, soñador, vivo, muerto, cónico, adicto a la rima fácil, poeta en prosa, vividor… Ser quien soy, es mi venganza al olvido.

El amante de sueños

Al cruzar la puerta hacia la calle, el frescor de la mañana la embriagó súbitamente de realidad. Encendió un cigarrillo y se acomodó la gabardina. Atrás, dejaba otro amante dormido entre las sábanas aún húmedas de deseo.

Pasarían horas antes de que él (“él” ahora y “tú” la noche anterior, eran los únicos nombres que se permitía recordar) descubriera que ella no había sido más que un sueño. Primero, la llamaría desde la cama, esperando escucharla en la cocina o en el baño, luego la buscaría por la casa y al no encontrarla, lo haría esperando hallar una nota con un teléfono o una dirección, o al menos, alguna prueba de que todo no había sido un sueño. Pero no encontraría nada.

Mientras caminaba, en su mente combinaba los recuerdos aún frescos de la noche anterior y los saboreaba uno a uno. Él, como muchos otros, podría haber sido quien ocupara ese espacio de su vida condenado para siempre al vacío. Pero una vez más, eso no ocurriría. No recordaba cuanto había pasado desde que decidió crear el puzzle de los recuerdos, crear una vida con retazos de muchas otras vidas más pequeñas, la noche de las mil noches, el beso de los mil labios. Pero desde entonces, vagaba a la caza del deseo más carnal y más humano, y cuando lo encontraba, antes de devorarlo, se aseguraba de haberlo despojado de cualquier resto de continuidad.

El deseo, lo sabía bien, acababa siempre asesinado por el amor y eso, ella no pensaba permitirlo. Había reservado un rincón de la memoria para crear el amor perfecto. Un amor sin errores ni traiciones, sin conformismos ni excusas. Cada noche, robaba un trozo de alma a sus amantes. Durante las últimas mil, les había despojado a veces de un aroma, otras de una sonrisa, muchas de una mirada, y las había ido guardando como valiosas piezas de un amor que, cada noche, iba tomando un poco más de forma. Ya pronto, estaría terminado y entonces, ya nunca volvería a estar sola. Cada noche en su cama, desnuda, se estremecería con los besos de su amante de sueños, y en los brazos de ese amor perfecto e infinito, al fin, descansaría para siempre.

Contagiada de invierno

No recuerdo el momento en que “algo” dejó de ser suficiente, en que me creí que podía, e incapaz de defraudar a las bocas que supe me leían, me quedé parado al final de mi mismo con la mirada fija al otro lado del precipicio, esperando que el momento de saltar llegara a mí sin tener que usar mis últimas cartas, aquellas que guardaba para batallas mas insignes.

Me engaño cuando creo que soy, que puedo volar y no volver a arrastrarme como hasta siempre, esperando levantarme un día y ver que por fin tengo alas, que no es perpetua la condena de soledad del día que fui juzgado, que algún día llegará el indulto y los versos que hoy agonizan, se vestirán de gala para poder por fin, todos juntos, crear poesía y alegrar el alma de algún amante perdido.

Muere el verano y con él, los amores que juraron ser eternos. Caen de los árboles los sueños y una ráfaga de viento pinta de nostalgia los recuerdos. La ciudad se siente débil y grita, asustada, que se ha contagiado de invierno.

Con la frente marchita

Es difícil no ceder a los antojos de la memoria, volver a los lugares donde estuviste y no sentir que en realidad nunca te fuiste, que nada cambió, que esas siguen siendo tus calles y esas, sus gentes.

Recorro sus rincones y me despiertan los aromas y sabores que siempre estuvieron dormidos. Envejecen las calles pero sus historias, se renuevan una y otra vez por la vivencia de otras diferentes que de cerca siguen siendo las mismas. Nacen amores y traiciones, siguen en el aire el eco de los te quieros, la humedad de los besos, el escozor de los deseos. Son otros cuerpos los que sienten pero los mismos ojos los que miran. La vida es una vendedora charlatana que sólo vende destinos de segunda mano.

Mientras caminamos, nos observan indiscretas las ventanas de la ciudad que tantas veces me vio caer sin levantarme. Se repiten los días y las noches, los sueños, las pasiones, los recuerdos, las canciones.

Español sí, español no

Ví, leí, escuché o soñé estos días que un juez ha archivado la denuncia por la pitada a los reyes y la bandera en la final de la copa del Rey. Me alivia mucho comprobar que mi derecho, ya que les pago los coches, los palacios, los viajes, las fiestas, los polvos y los colegios, a silbar a la familia real cuando me plazca, continúa intacto. Menos mal.

El caso es que he encontrado por ahí comentarios de personas a las que les sentaron muy mal los silbidos y me hace mucha gracia comprobar que alguno dice algo así como: “Aunque no se sientan españoles, que se jodan porque lo son” como si el sentirse de un lugar estuviera sometido a leyes más allá de las puramente sentimentales.

Tres cuartas partes del país, condena y obliga al otro cuarto a ser español, “¡lo eres y punto!” pero cuando llegan a nuestras costas pateras llenas de seres humanos que se juegan la vida para ser españoles, no se lo permitimos “Tú no puedes ser español” y me pregunto yo, si existe mayor muestra de amor por un símbolo y mérito para un pasaporte, que subirse a una barca destartalada en la que hay más posibilidades de morir que de vivir.

Yo, cada día más práctico, quitaría nacionalidades no deseadas para entregarlas a los que de verdad las desean y equilibrar un poco el país este de tarados en el que (sobre)vivimos. Pero como no creo que mi propuesta sea aceptada a corto plazo, mientras tanto, seguiré alegrándome y aliviándome con las noticias que vayan saliendo sobre jueces que entienden que los sentimientos y las opiniones (y la demostración de las mismas) hace 34 años que dejaron de ser delito.

¡Arriba España!

Dedicado a

Que quede claro: Ni me creo ni me descreo. Escribo por escribir, por perfumar la monotonía, por disfrazar de sueños las realidades, de noches de verano las mañanas de invierno… y hasta ahí. Ni poeta ni escritor, ni ganador, ni perdedor, ni busco premios, ni escribo libros. No compito en carreras de escritura, ni Cortazar ni Neruda, ni Sabina ni Serrat. Llámenme Nacho, apellídenme Palomar.

Y créanme por favor cuando digo que NO soy, porque no lo digo por decir. Me halagan, como a todos, los piropos, pero vivo lejos de pedestales y coronas que la vida casi siempre me puso de espinas. Dice Teresa que puedo porque me quiere, Mister X porque me conoció mucho más pobre, Mister Carmona en honor a algunas porras con colacao que alguna vez pagué en descansos de oficina, María porque aún me debe risas… y así todos los que son y que siempre están. No es en realidad en pago de letras, sino de viejas deudas de abrazos y sonrisas.

No hay Planeta, soy consciente, en la casa del Blogger. Y si usted se enfada porque dice que me creo, o alguno de los besos que viajaban a sus labios, al final se posaron en los míos, me disculpo y le prometo, robarle cada día menos, lo que en (su) justicia fue siempre más suyo que nuestro.

Amistades imposibles

A veces, soy la simpatía hecha persona, pero otras no estoy para nadie. Bipolaridad se llama. Y los que me conocen bien, saben que tengo mis tiempos y no me suelen tocar los cojones con preguntas o comentarios en esos momentos del día en los que ni las preguntas ni los comentarios vienen a cuento. Pero el problema es que nunca paramos de conocer gente nueva y algunos, aun viéndote la cara de “pasa de mí si quieres seguir viviendo” no lo saben y te abordan en plan “mega-guay-sonriamos-y-hagamos-entre-todos-un-mundo-mejor” para darte palmaditas en la espalda o desearte buenos días totalmente fuera de contexto.

Aunque de forma intermitente, llevo años yendo al gimnasio. Y sé perfectamente que el deporte es salud y que luego cuando lo dejas notas-que-te-falta-algo, que es adictivo y todas esas cosas, pero mira, a mi ir al gimnasio me jode, preferiría estar de cañas, o tumbado en el sofá viendo programas atrasados de El Diario. Pero no, tarde sí, tarde no, hago de tripas corazón y voy, porque no tengo la suerte de ser uno de esos que pueden comer lo que quieran y nunca engordan. Yo engordo, demostrado. Y como diablo no soy, pero viejo cada vez más, a pesar de que Teresa no para de repetirme que me quiere por mi personalidad, yo por si acaso le pongo trampas a la barriga.

El caso, que me pierdo y no voy al tema, es que al igual que cuando estoy recién levantado, yo cuando estoy en el gimnasio no tengo ninguna gana de hablar. Ni siquiera las super-chonis de pendientes de aro y conjuntos de aerobic ajustadísimos de dos piezas, tatuajes en el pecho y piercings en el ombligo, me llaman la atención cuando tengo que correr durante una hora aun sabiendo que nadie me está persiguiendo, fíjate. Paso de mis compañeros de gimnasio, ni me integro ni hago nada por integrarme, voy, hago mis ejercicios, y se acabó.

Pero el monitor del nuevo gimnasio al que me he apuntado ha debido pensar que soy tímido, y que necesito un hombro musculoso y amigo en el que apoyarme porque, todos los días cuando llego, me saluda y me pregunta ¿qué tal?, ¿cómo te ha ido el día?, ¿por dónde vives?, ¿por dónde sales?, y me hace gestos de “Todo Ok amigo?!” con el dedo pulgar mientras (puag!) me guiña un ojo.. . Y no sé porque me temo que este chico no lee muchos blogs y si lo hace, el mío ni-de-coña, pero me encantaría que lo hiciera y que me dejara en paz con mis castigos corporales.

Porque cualquier día, voy a ser yo el que va a querer hacerse amigo suyo y le voy a pedir su opinión sobre la importancia de la psicología cognitiva en la sociedad actual. A ver que le parece.

Paleto de ciudad

No sé cuando me di cuenta, ni cual fue la gota que colmó el vaso de mi paciencia, pero llevo ya un tiempito (que no es ni mucho ni poco, sino todo lo contrario) que no me seduce la gran ciudad. He oído en bocas ajenas antes este comentario y si me paro a pensarlo, descubro que eran personas que como yo, sabían bien lo que era una ciudad grande y un pueblo.

No vengo aquí a dármelas de cosmopolita o viajero, lo justo oiga, pero sí de que hablo con la perspectiva de aquel que como dice la canción, ha llorado en Venecia, se ha perdido en Manhattan y ha sido un paria en París, y al final echando cálculos de edad y recuerdos, no compenso todos los teatros, ni los cines, ni ese qué-se-yo, ni esa Gran Vía, ni esas cuatro torres que al final, se ven desde tan lejos que no hace falta vivir cerca para sentirlas, con el placer de ir caminando al trabajo, o echarse siestas de 27 minutos que en la ciudad toman forma de leyenda y en los pueblos de somnolienta y utópica realidad.

No hace tanto de aquellos tiempos en los que la mentira de los rascacielos me tapaba la verdad de los árboles, y ya hago mía la sabiduría que siempre tuvieron mis abuelos. Envidio a esos héroes que se van dejando nada para poder escuchar el sonido de los minutos y, cada vez más, descubro que yo también quiero ser como ellos porque si es cierto, y lo es, que esto de la libertad es un engaño a oídos del pueblo llano y no nos queda más remedio que madrugar cada mañana y encima dar las gracias por hacerlo, quisiera al menos usar mi tiempo para vivir, dejar de vivir para trabajar y poder, de una vez por todas, romper las reglas a golpe de excepciones.

Bloguero por vocación

Esta bueno esto de tirar del cordón. Tiene su parte de peligro y es la de que al final se te vayan las horas y no saques adelante tu trabajo y obligaciones y sólo te dediques a disfrutar, a vivir (¡qué atrevimiento!) por placer. Ahora leo, ahora pienso, ahora escribo, ahora como, ahora me siento, ahora duermo, ahora sueño. Y convertirte, ¡qué placer!, en un excluido, un marginal, el novio nunca aceptado, el desubicado que sólo puede triunfar de cantante o escritor, y para colmo, ni una cosa ni la otra.

El cordón me lleva a otros blogs, maravillosos, profundos, valerosos. Voy siguiendo a la gata que me introduce en el humo. Lo aspiro y me pierdo en reflexiones, pero nunca consigo entenderme (¿qué importa?) y en este punto, descubro aliviado que ya no estoy tan solo, la soledad agoniza ante mí, la soledad está en quiebra. Y sonrío.

Somos los escritores de blogs gentes sin envidias, con la condena del anonimato asumida, y cada comentario (¡te leí y me gustó!) es valorado como un premio. Somos, valga el simil, los futbolistas que nunca disfrutarán de los coches de lujo y de las rubias tontas del montón en las fiestas privadas de los hoteles.

Pero no importa, porque jugamos (tópico va!) por vocación, aunque en cada partido contemos de reojo cada espectador de la gradas. Somos, perdón por la inmodestia pero el blog es mío y digo lo que quiero, los juglares del mileurismo, la voz de la gente y las noticias que nunca salen en los periódicos, los portavoces de las historias “todo a cien”, las del bar de la esquina, las de las colas de los bancos, las de las salas “no vip” de los aeropuertos.

Somos libres porque no les necesitamos, pero por favor, no dejen de visitarnos.

Escribir de lo mismo

Este es otro post obligado. No porque me haya propuesto escribir más a menudo como en otros tiempos, asumo y acepto la autarquía como base de mi vida a partir de las seis y media de la tarde (perdí la guerra contra mí mismo), sino porque el último post no es un post, sino un intento malo de poema. Y es que si no llego a escritor (leo a otros y siempre salgo perdiendo en las comparaciones) mucho menos soy poeta, y como borrarlo me parece exagerado, escribo esto para empujar los versos “low cost/quality” un puesto más abajo esperando que con ello se vean menos.

El problema de escribir por escribir, vuelta la burra al trigo, es que lo haces sin tener un tema. La vida sigue su curso, y supongo que no me pasan ni más ni menos cosas que antes.. . Quizá que ahora voy al trabajo en metro y el metro, ya se sabe, es buen caldo de cultivo para la observación y estudio de congéneres. Pero a veces voy leyendo y me pierdo historias, así que al final tengo pocas sobre las que escribir. O podría contar que he dejado de fumar, pero dicen los que saben que nunca se deja de fumar del todo, así que me lo callo. O que mi lectora secreta “mariquilla” ahora es un poco menos secreta, y que no es, como yo pensaba, esa exnovia que se fue una noche después de un concierto, y que conseguía con sus besos que el Norte soñara con ser Sur.

O podría quizá hacerlo de otros blogueros que tanto me acompañan y de cómo me gustan sus historias; o de mis fantasías de pertenencia a clubes de ciber-escritores que se hacen guiños en redes sociales con nombres de cara y  nombres de libro.

Podría, en fin, seguir escribiendo de nada, pero en mi caso, sería volver a escribir de lo mismo.