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Escribió mi madre de Ciudad Rodrigo

CIUDAD RODRIGO, MI LECHO, MI TUMBA, MIS RECUERDOS

Hoy vuelvo a ti, Ciudad Rodrigo, con el cuerpo cansado,

con el polvo de mil caminos en los pies;

con las manos vacías, con el alma dormida…

Hoy vuelvo a ti para que me devuelvas esos sueños

que quedaron prendidos en tus piedras.

Hoy quiero de nuevo, contemplar mi imagen en el espejo de tu río

y escuchar en su arrullo mil tonadas, con sabor a recuerdos.

Hoy vuelvo a ti para sentir al paso por tus calles, el aliento

de tu eterna quietud, de tu belleza;

sentarme otra vez en esa piedra, donde fumando mi primer cigarrillo,

deshojé poco a poco mi inocencia;

ser el jinete galopante del tiempo transcurrido

y perderme en esa inmensidad profunda de tu olvido.

Dejarme acunar en tus brazos calientes para sentirme pequeña, muy pequeña…

Quiero correr delante de los toros, por tus calles enhiestas,

y sentir entre el miedo de la gente,

el sabor de mi miedo entre los dientes,

con mil agujas traspasando mi estómago y mi vientre.

Hoy vuelvo a ti porque me esperas;

porque en tu Historia hay un trozo de mi historia,

porque en tu vida hay un trozo de mi vida…

Escribí estos versos hace tiempo,

en esos atardeceres grises en los que el corazón espera;

atardeceres en los que el sol se esconde silencioso

para dejar un sitio a las estrellas.

Los escribí quizás llorando, porque en el llanto naufragan muchas penas.

Yo ya no era muy joven, tampoco era muy vieja;

los escribí tal vez buscando a aquella niña que fui,

perdida entre la niebla…

No sé qué soy ahora, tampoco sé lo que antes era;

tal vez niña traviesa que juega y tira piedras,

quizás adolescente temerosa, o tan sólo poeta…

“Ciudad tranquila y serena, pequeña, caliente y tierna.

Murallas desoladoras que encierran una leyenda.

Río manso, albor de estrellas que vas cantando una pena;

en tu caudal llevas risas, amores, falsas promesas”…

Yo nací en una ciudad, de la provincia de Huesca: Jaca;

ciudad blanca en el invierno, verde-azul en primavera.

En Aragón conocí la luz de una vida nueva,

en Ciudad Rodrigo quedó, el resplandor de esa vela.

De mi pueblo natal, recuerdo muy pocas cosas;

unos pasos tambaleantes de la mano de mi abuela;

de esta ciudad tengo todo: su valor y su pereza, su alegría y su tristeza.

Mi primer amor; un beso, una carta y un poema;

Y mi primer desengaño: el llanto descontrolado por el chaval que se aleja.

La enseñanza “teresiana”; un colegio con dos puertas.

Un desván donde jugaba; imaginación, miedo, leyenda; una casa de muñecas;

“hoy me toca ser la reina, así que tú eres mi doncella”,

“hoy yo quiero ser el hombre y tú me sirves la cena”…

¡Compañeras de mi infancia; qué lejanas y qué cerca!

La Peña del Sastre; otra historia de caídas y rasguños, de cigarrillos de menta;

de reuniones con los chicos; amor con sabor a fresa…

Así transcurrió mi infancia, ahí queda mi adolescencia.

En la juventud estoy, aunque mucho no me queda.

Mi madurez se debate en esta ciudad de piedra;

dos hijos, una experiencia, una lágrima, una estrella;

el sabor a la ironía, la carcajada siniestra…

Mañana descansaré quizás en la misma tierra de la otra parte del pueblo,

que llaman “la ciudad muerta”.

Yo no quiero losa blanca, no quiero lápida negra,

tampoco quiero plegarias; ni a mi Dios ni a mí nos llegan;

que alguien toque una canción: “Puente sobre aguas turbulentas”

y también una inscripción que diga que fui poeta.

Loly Rodríguez Bullón

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