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Closer

No puedo olvidar esta película. En su momento cuando la vi, después de que varias personas me la recomendaran sin yo haber oído hablar nunca de ella sumido como estaba en unas tinieblas de las que conseguí liberarme y en las que, me rezo a mí mismo, espero no volver a caer, me impresionó como pocas películas me habían impresionado. Me pareció tan cruda, tan insolente, tan real, que desde entonces mi forma de entender el amor cambió para siempre. Sus personajes son un salvaje reflejo de una realidad que muchas veces nos negamos a aceptar, se te meten dentro y te sujetan la cabeza para obligarte a ver como son las relaciones realmente, para que entiendas y aceptes las reglas de un juego en el que todos tarde o temprano caemos: el amor, ese hijo de puta que nos hace constantemente correr detrás de él y nos tapa los ojos para no poder intuir su lado oscuro de traición, desasosiego e inmenso dolor.

No soy experto en cine y no caeré en la pedantería de hablar de movimientos de cámara ni usos más o menos acertados de la luz. Juzgo esta película desde las perspectiva de alguien que lleva media vida buscando y provocando arañazos en el corazón y la memoria; de alguien que tiene la mochila llena de retazos de recuerdos guardados para poder algún día mezclarlos y combinarlos creando perfumes de pasado y embriagarme con ellos recordando realidades que probablemente nunca existieron. Guardo escenas de esta película como equilibrio a futuros momentos en los que piense que el amor proporciona una felicidad constante y un atisbo de cautela me libre de repetir pasados (y presentes) sufrimientos.

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