Está claro, no funciona. Y debería saberlo teniendo en cuenta mis frecuentes alardes de gran conocedor de mí mismo. El momento de volver a escribir al final, no ha llegado por sí solo como esperaba. Ni las palabras, ni los versos, ni las historias que imagino en el metro o en el coche acaban plasmándose en forma de texto, así que me encuentro aquí sentado a escribir por “obligación” y admitir de una vez y para (casi) siempre que o me obligo, o no escribo.
Así que aquí estoy, y no sé muy bien qué contar. Hubo un tiempo en que la inestabilidad estimulaba mi creatividad. Durante años he vivido sin normas, sin cama, mujer, empleo o ciudad fija, siempre persiguiendo sensaciones inéditas. Y esa forma de vida, llenaba mis días de anécdotas ciertas o inventadas para contar. En aquella época no escribía nada, quizá e-mails a mis amigos, pero nada de lo que pudiera quedar cierta constancia (formaba parte del mismo plan vital). Y de esas historias, de tantas noches en vela, de tantos juegos peligrosos, de tantas novias sin nombre, ha ido sobreviviendo mi creatividad hasta hoy. Pero me temo que se me empiezan a acabar las muchas historias ahorradas en el banco de la memoria.
Ahora ya no viajo tanto, no me arriesgo tanto, no busco tanto. Ya no soy ese loco coleccionista de experiencias que en su momento recorrió medio mundo intentando descubrir quien era en realidad y, aunque a veces aún sigo husmeando en los rincones ocultos de mi alma y mis recuerdos, la intensidad ya no es la misma. He cambiado la incertidumbre de otros tiempos que siempre tanto me excitó, por el tibio y dulce descanso de cada noche sobre el pecho de Teresa; las casas que siempre eran de otros, por la mía propia en la que cada objeto está elegido y tiene un motivo de existencia; los trabajos temporales, por una profesión que, aunque casual, clamo a los cuatro vientos como vocacional.
No voy a dejar de escribir porque cada vez que lo hago, me limpio un poco por dentro, me libero del traje (gris) y la corbata, de la sonrisa profesional, falsa y calculada que tan agrietados me deja los labios al final del día. Esta esquina a la que me acerco de vez en cuando como hablante, puede que sea el último reducto de rebeldía y autocondescendencia que me permita; el único hilo de unión entre quien soy y quien fui. Aunque, termino como empiezo, cada vez más, tenga que obligarme a ello.
(Dedicado a Marta Mateos, por el empujoncito)


One Comment
Siempre hay que rotar entre empujones, empujadores y empujados. Gracias a ti por lo tuyos.
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