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Escribir de lo mismo

Este es otro post obligado. No porque me haya propuesto escribir más a menudo como en otros tiempos, asumo y acepto la autarquía como base de mi vida a partir de las seis y media de la tarde (perdí la guerra contra mí mismo), sino porque el último post no es un post, sino un intento malo de poema. Y es que si no llego a escritor (leo a otros y siempre salgo perdiendo en las comparaciones) mucho menos soy poeta, y como borrarlo me parece exagerado, escribo esto para empujar los versos “low cost/quality” un puesto más abajo esperando que con ello se vean menos.

El problema de escribir por escribir, vuelta la burra al trigo, es que lo haces sin tener un tema. La vida sigue su curso, y supongo que no me pasan ni más ni menos cosas que antes.. . Quizá que ahora voy al trabajo en metro y el metro, ya se sabe, es buen caldo de cultivo para la observación y estudio de congéneres. Pero a veces voy leyendo y me pierdo historias, así que al final tengo pocas sobre las que escribir. O podría contar que he dejado de fumar, pero dicen los que saben que nunca se deja de fumar del todo, así que me lo callo. O que mi lectora secreta “mariquilla” ahora es un poco menos secreta, y que no es, como yo pensaba, esa exnovia que se fue una noche después de un concierto, y que conseguía con sus besos que el Norte soñara con ser Sur.

O podría quizá hacerlo de otros blogueros que tanto me acompañan y de cómo me gustan sus historias; o de mis fantasías de pertenencia a clubes de ciber-escritores que se hacen guiños en redes sociales con nombres de cara y  nombres de libro.

Podría, en fin, seguir escribiendo de nada, pero en mi caso, sería volver a escribir de lo mismo.

A veces (Poemas Low Cost I)

 

A veces prefiero cerrar los ojos,

volver la cara, mirar los suelos.

Esconder con el pie sin que me vean,

los trozos de tantos sueños rotos

 

A veces lo fácil es negar lo cierto,

ser Sancho Panza metiendo barriga,

saltar un charco y decir que vuelo,

llamarla novia cuando es amiga.

 

A veces lo mejor es pulir esquinas,

des-afilar espadas, adornar mentiras.

Camuflar las lágrimas de alegría,

colorear de éxito la monotonía.

 

A veces vale más nunca que tarde,

el “no” que ya tengo, que su respuesta,

lo piadoso que hay en cada mentira,

que las marcas que deja la melancolía.

 

 

Vidas que no vuelven

Algunas noches son largas y busco nombres en las pantallas. Ya no me mueven venganzas ni deudas no saldadas, sino curiosidades que me devuelven a sitios en los que estuve y sirvieron para hacer camino y persona.

Esta noche busqué el nombre de la niña de tres años que vivía en mi memoria y encontré una preciosa mujer de diecisiete. La pequeña que tantas veces viajó en mis hombros, hoy rinde con su belleza las flores a su paso. Su indiscreción adolescente me permite saber más de ella, descubrir la ilusión de sus amores, la elegancia de sus gestos, la pasión por la vida de sus ojos.

Sus fotos me recuerdan que la vida no vuelve y que los recuerdos, se desgastan por las olas del olvido. Buscaba niñas y encontré mujeres, no descansan los actores del teatro de los sueños.

Los bigotes los carga el diablo

Desde que tengo bigote, mi vida ha cambiado mucho. Ya no soy esa persona insegura y débil que solía ser. Ahora sé ver el camino correcto, veo como los demás, que son muchos, se equivocan todo el tiempo. Ya no tengo miedo al enfrentamiento, no me escondo, grito mis verdades a los cuatro vientos, y las grito, porque sé que la gente no cambia por la buenas, y aunque al principio no lo creen, con el tiempo descubren que mi verdad les abre las puertas a una vida nueva, una vida de rectitud y pureza.

Mi bigote me precede allá donde voy. Y las palabras que nacen debajo de él, son lecciones para el mundo. Algunos no lo entienden, pero tarde o temprano lo harán, por las buenas o por las malas, porque la mentira, la debilidad y el pecado, deben dejar de gobernarnos. Sé que somos incomprendidos, héroes, y que nuestros enemigos y sus falsos valores son rivales difíciles, pero no descansaremos en nuestra cruzada. Nada ni nadie puede pararnos porque nuestra bandera la mueve el viento de la verdad, la única verdad.

Atrás quedaron esos tiempos en los no que era nadie. ¡Ese grupo de amorales, no volverá a reírse de mí! Desde que tengo bigote, puedo notar el respeto en sus caras a mi paso, a veces parece miedo pero no me importa porque el fin, bien vale mis medios. Algún día, serán conscientes de sus errores y sus ojos no volverán a osar mirar los míos. Entonces yo les perdonaré, mi mano liberadora tocará sus hombros y todos sus errores serán borrados para siempre. Y en el mundo por fin, dejará de reinar el caos que tanto ha podrido sus almas.

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Homenajes que nunca llegan

Ha muerto Antonio Vega. Hace años yo le seguía bastante, compraba discos suyos fascinado por algunas letras de sus canciones. Siempre me pareció un tipo sensible y poético y su música, encajaba muy bien en mi gusto por la música de autor que a día de hoy, con matices, aún conservo. Tiempo después, alguien en Londres robó mi colección de compact discs y con ello le perdí bastante la pista a excepción de algunas canciones que siempre llevo conmigo como “lucha de gigantes” o “el sitio de mi recreo”. Hace unos días, con su muerte y como supongo que mucha otra gente, he vuelto a reencontrarme con sus letras de una forma más profunda, pero sobre todo, con su imagen.

La imagen de sus últimos años, tan enfermo, tan débil, tan machacado por, supongo, las drogas, me ha entristecido mucho. He conocido detalles de su vida nuevos para mí, la muerte de uno de sus grandes amores: “Marga”, su timidez, su modestia, su evidente desilusión vital. Las letras de sus canciones que ahora re-escucho, se tiñen de más tristeza que nunca, de un desencanto que estremece y con el que en parte, me siento identificado.

Antonio, imagino, fue una de esas personas diferentes, condenados a una sensibilidad especial que le hizo vivir la vida de forma diferente, rebelarse contra una sociedad cada día más banal e inmune a la auténtica belleza. Pero al menos tuvo suerte y fue reconocido en su arte y su persona. Tuvo amigos, hombros en los que llorar y gente que aplaudía en sus conciertos e hizo cola en su funeral. ¿Qué hubiera pasado si nunca hubiera llegado a ser un músico de éxito?

Vivimos rodeados sin verlos, de Antonios Vegas a los que directa o indirectamente, marginamos y excluimos de nuestras vidas. En esta patética sociedad en la que vivimos, prestamos mucha más atención a los dueños de coches y casas de lujo que a los poetas. Nuestro desinterés aparta, por defecto, a personas de nuestras ciudades, pueblos y calles a los que jamás nos paramos a escuchar y quizá, con ello perdemos grandes mentes y voces que merecen ser escuchadas. Yo por suerte, aprendí hace tiempo a rascar antes de rechazar, intentar ver por dentro, ignorar primeras impresiones. Hace tiempo que busco la emoción que sólo las almas pueden proporcionarte, almas que en muchas ocasiones se condenan a luchas interiores (de gigantes) y millones de preguntas que se quedan por desgracia sin hacer, apartadas por sociedades imbéciles bien-pensantes que por norma, desprecian lo diferente.

No todos los “desheredados” son poetas, o pintores. Pero muchos, que de verdad lo son, nunca llegan a tener colas en sus funerales o programas especiales en televisión. No hay homenaje ni sitio en nuestras vidas para el diferente y eso, nos envilece como especie.

Aquellos que me conocen bien, sabrán en quien pienso y a quien va dedicado esto que escribo. Sirva de homenaje.

Estas elecciones las pierdo yo

Es un domingo raro, ni llueve ni hace sol. Teresa y yo teníamos intención de ir a pasar el día a Alcalá de Henares. Habíamos quedado con Sergio, mi amigo super g(u)ay, pero su novio se ha puesto malo y me ha llamado para cancelar la cita. Mi amistad con Sergio, junto con mi exnovia negra, algunos libros y algunas películas, entra dentro de mi lista de coartadas para defenderme de algunas acusaciones que, en ocasiones, sufro en esos días, cada vez más frecuentes, en los que se me ocurre soltar verdades a los cuatro vientos; esos días en los que me niego a la diplomacia.

Teresa llevaba dos días intentando convencerme para ir a ver a Zapatero a Vistalegre, sin éxito. Mi desencanto por los gobernantes es cada vez más clara y ante las próximas elecciones mi decisión de voto todavía está en proceso. En los últimos años, mi mano izquierda pesa más que la derecha, pero considero que mi voto debe ser un premio al buen-hacer, quiero que sea útil. Todavía conservo restos de inocencia. Mi voto irá (o iría) para aquél que demuestre que de verdad le importa más el bien común que el propio. Así que de momento, ante las próximas elecciones la opción de irme de cañas y pasar de votar es la que más fuerza tiene.. y no parece que vaya a cambiar.

Pero Teresa es la reina de la estrategia. Nunca ataca a destiempo, elige bien sus armas, planifica las batallas. Teresa es mucho más lista que yo (y mucho más guapa), y esta mañana, mientras desayunábamos, ha puesto el mitin de Vistalegre en directo por Internet. Yo estaba viendo un programa sobre un tipo que se dedica a recorrer islas y desiertos comiendo insectos y serpientes… y de fondo a ZP, con su eterna demagogia. Subo el volumen de la tele, Teresa sube el volumen del ordenador. Sé que me quedan minutos de batalla. La pierdo seguro, pero resisto. Teresa me pide que baje el volumen de la televisión. Me enfado y me voy a tomar un café. Teresa no lo entiende, ella ama a Zapatero de forma incondicional y no entiende mi “política” del voto como premio, ni que, como ella, no sucumba al encanto de D. Jose Luís.

No es la primera vez que me encuentro con rivales amorosos, pero nunca me hubiera imaginado tener que compartir mis relación de pareja con el mismísimo presidente del ¿Gobierno?.

Pa´que luego digan que no he llegado a nada en la vida.

Desolación 2016

Conduzco por Madrid. La ciudad está diferente, tenemos visita del comité olímpico. Las calles transpiran cursilería por todos sus rincones, el alcalde nos pide que sonriamos… ¿sonreir?, permítame que mejor me ría un poco.

Queremos vender felicidad y espíritu olímpico, “no tenemos a Obama, pero tenemos madrileños” (qué gilipollez!) leí en algún lado, sí.. y no-sé-cuantos-cientos-de-miles de parados, e hipotecas asesinas, y malas noticias en los periódicos todo el tiempo.

Por amor propio, los que vivimos en Madrid no vamos (esta vez) a chivarnos a estos señores de como están las cosas en realidad, de lo jodido que es todo… Ya sabemos que las olimpiadas molan, que nos dará prestigio, que mira-Barcelona-como-estaba-antes-y-como-está-ahora, pero, a mi por lo menos, las olimpiadas, de momento, me preocupan muy poquito, tengo mil cosas más importantes que resolver.

Conduzco por Madrid y no soy capaz de ver las bondades que intentamos mostrar al mundo, sólo veo atascos, y colas del paro, y mañanas muy inciertos.. y si el mañana es incierto, por favor, no me haga pensar en el 2016, venga a visitarme el día antes, a ver si de verdad para entonces somos un país del primer mundo, pero uno de verdad, no estadístico, uno de esos donde se puede hacer planes, donde los salarios son justos, donde se puede tener esperanza. Madrid sueña con cambiar aros olímpicos por ERES.. ¡qué alcalde tan listo!

Yo también tengo una corazonada, pero me la voy a callar… hasta que se vayan los jueces.

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Tocado y (casi) hundido

Plaf! bofetón en todo el ego!. Y es que anoche regresó Teresa de una boda (no la suya, thanks god) y después de preguntarle por mi nuevo post, aliviado y pletórico como me sentía después de tanto tiempo sin escribir, yo que como un gato esperaba una caricia mientras frotaba mi lomo contra su pierna, va y me suelta: “muy bien cariño, pero estás un poco repetitivo” me partió el corazón! más que nada porque tiene razón, pero hay ciertas obviedades que deberían ser calladas por amor. Nunca fui amigo de las verdades a la cara.. principalmente, a la cara del que escribe.. . Para colmo, empujada supongo por el estruendo de mi autoestima rompiéndose en mil pedazos, un segundo después, me dice: “deberías escribir un libro..” ¿cómo? ¡si no soy siquiera capaz de escribir un post!. Jamás debí decirle eso de que “la sinceridad debía reinar siempre en nuestra relación”.. en fin.

Así que aquí estoy de nuevo, como un estudiante que tiene que repetir un trabajo después de que su profesor descubriera que se lo había bajado de Internet. Que por cierto, alguna vez me ocurrió. Me lo guardo para un post.

El problema es que la sequía creativa sigue ahí, amenazante, terrorífica. Me recuerda esto a la canción de Sabina en la que acude a su psiquiatra para pedirle que le devuelva su depresión porque, desde que es feliz, ya no puede escribir. Yo en la felicidad permanente no creo, me parece una argucia publicitaria, pero ahora vivo tranquilo y la falta de emociones, indefectiblemente me quita carisma, si es que alguna vez tuve.

Joder, estoy cayendo en lo mismo.. ¡otra vez estoy escribiendo sobre que no puedo escribir! ¡qué círculo tan vicioso!

Admiro a los columnistas capaces de escribir cada día sobre un tema diferente, yo está claro que no puedo… o no quiero.. porque leer, observar y escuchar, siguen siendo aficiones principales en mi vida, pero ahora ya no me caliento tanto. A los políticos los doy por perdidos (madurez), los frikis cada vez me importan menos (caridad), ¿el amor? cubierto, ¿el desamor? exprimido y olvidado, ¿mi familia? con los testamentos corregidos y cambiados..

Ni unos buenos cuernos tengo para echarme a la boca. ¡Qué asco de armonía!

Sequía en la memoria

Está claro, no funciona. Y debería saberlo teniendo en cuenta mis frecuentes alardes de gran conocedor de mí mismo. El momento de volver a escribir al final, no ha llegado por sí solo como esperaba. Ni las palabras, ni los versos, ni las historias que imagino en el metro o en el coche acaban plasmándose en forma de texto, así que me encuentro aquí sentado a escribir por “obligación” y admitir de una vez y para (casi) siempre que o me obligo, o no escribo.

Así que aquí estoy, y no sé muy bien qué contar. Hubo un tiempo en que la inestabilidad estimulaba mi creatividad. Durante años he vivido sin normas, sin cama, mujer, empleo o ciudad fija, siempre persiguiendo sensaciones inéditas. Y esa forma de vida, llenaba mis días de anécdotas ciertas o inventadas para contar. En aquella época no escribía nada, quizá e-mails a mis amigos, pero nada de lo que pudiera quedar cierta constancia (formaba parte del mismo plan vital). Y de esas historias, de tantas noches en vela, de tantos juegos peligrosos, de tantas novias sin nombre, ha ido sobreviviendo mi creatividad hasta hoy. Pero me temo que se me empiezan a acabar las muchas historias ahorradas en el banco de la memoria.

Ahora ya no viajo tanto, no me arriesgo tanto, no busco tanto. Ya no soy ese loco coleccionista de experiencias que en su momento recorrió medio mundo intentando descubrir quien era en realidad y, aunque a veces aún sigo husmeando en los rincones ocultos de mi alma y mis recuerdos, la intensidad ya no es la misma. He cambiado la incertidumbre de otros tiempos que siempre tanto me excitó, por el tibio y dulce descanso de cada noche sobre el pecho de Teresa; las casas que siempre eran de otros, por la mía propia en la que cada objeto está elegido y tiene un motivo de existencia; los trabajos temporales, por una profesión que, aunque casual, clamo a los cuatro vientos como vocacional.

No voy a dejar de escribir porque cada vez que lo hago, me limpio un poco por dentro, me libero del traje (gris) y la corbata, de la sonrisa profesional, falsa y calculada que tan agrietados me deja los labios al final del día. Esta esquina a la que me acerco de vez en cuando como hablante, puede que sea el último reducto de rebeldía y autocondescendencia que me permita; el único hilo de unión entre quien soy y quien fui. Aunque, termino como empiezo, cada vez más, tenga que obligarme a ello.

(Dedicado a Marta Mateos, por el empujoncito)

Persiguiendo musas

Es definitivo, por más que lo intento, no puedo escribir los versos más tristes esta noche. No puedo escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada y tiritan, azules, los astros a lo lejos” *

Y es que soy incapaz de controlar la inspiración, no sé de dónde viene ni a dónde va y cuando escribo, lo hago sin pensar, sin cálculos ni objetivos. Me transformo en alguien que no tiene nada que ver conmigo y cuando termino, me leo cien veces buscando referencias a mi mismo, sin encontrarlas. Son como estados de inconsciencia en los que mis manos siguen el dictado de no-sé-quién. Me transformo.

Y de nada me sirven las supuestas inspiraciones, las historias que escucho en los bares o los contratos de amor renovables que firmo con Teresa. Cuando escribo, se lo juro, las palabras vienen sin llamarlas, siempre cuando ellas quieren, nunca cuando quiero yo, y así, me condenan a la incapacidad de escribir por encargo, a jamás poder ganar un chuletón en un concurso de blogueros.

“Poeta de sus propias realidades” me llamaba en un comentario una lectora hace unos días.. no diría yo tanto, ojalá. Aunque he llegado mucho más lejos de lo que nunca imaginé cuando se me ocurrió empezar este blog. Me leen mis amigos y un sorprendente número de personas anónimas que de vez en cuando me dicen que les gusta, aunque yo creo más en la solidaridad que tenemos los escritores de afición; en la unión de soñadores que por mucho que las estrellas tiriten en la noche, nunca conseguirán que sus versos sean los más tristes.