Yo nací optimista, se lo juro. Pero la vida, consciente de que nunca fui capaz de aprender más que a tortas (ensayo-error), me llenó los bolsillos de escepticismo y ahora casi nunca me creo nada. La suerte es una golfa y nunca duda en irse con otro y además, pasearse con su nueva conquista delante de tus narices, para que sufras (digo yo), para que aprendas (dice ella).
Todo esto viene porque según las previsiones de crisis feroz del último trimestre de 2008 para el comienzo de 2009 en la bolsa de valores de mi vida, nada de lo que me ha venido me correspondía. He pasado sin pedirlo, sin soñarlo, de villano a héroe, de llorar a reirme.
De repente, mi vida se ha llenado de orquídeas de color azul que tan bien combinan con el verde. Dos casas, dos coches (uno tuneado), un canario cojo, dos hipotecas, cien sonrisas, cuatro viajes (de momento), nueve Llanes, dos Granadas. Otra vida. Y yo -permítanme la licencia literaria- con estos pelos. Qué ironía.
Pero, ¿saben?, está bien. No caeré en el papel de víctima ni haré discursos de agradecimiento. Siempre guardo algo de dignidad por los cajones para aún en los momentos más terribles no dar pena, ya que nunca me gustaron los premios de consolación. Y, por una vez, me voy a creer merecedor de lo que tengo, aunque sólo sea prestado, incluso aunque lo pierda mañana, porque en ese caso, lo bailado ya siempre será mío.



